
La nación de Mandela ante su peor estallido xenófobo en casi dos décadas: 25.000 inmigrantes huyen mientras las calles arden.
Hay una ironía amarga en lo que está ocurriendo en Sudáfrica. El país que Nelson Mandela rescató del apartheid, ese sistema de segregación racial que durante décadas clasificó a los seres humanos por el color de su piel, vive este martes su mayor estallido de hostilidad contra los inmigrantes en casi veinte años. Miles de personas marcharon el 30 de junio por Johannesburgo, Durban, Ciudad del Cabo, Pretoria y Springs empuñando palos y bastones tradicionales zulúes, envueltas en banderas sudafricanas y gritando "¡Abahambe!", "¡Deben irse!" en isizulú, contra los extranjeros en situación irregular. Las imágenes recuerdan demasiado a los episodios que dejaron más de 60 muertos en 2008, 18 en 2019 y 350 en los disturbios de 2021.
Las marchas no llegaron por sorpresa. Desde hace meses, una coalición de grupos antiinmigración encabezada por el movimiento March & March, cuya líder, la activista zulú de 39 años Jacinta Ngobese-Zuma, ex presentadora de radio, afronta una causa judicial por incitación a la violencia, había fijado el 30 de junio como fecha límite para que todos los inmigrantes irregulares abandonaran el país. El ultimátum se cumplió, y con él llegó la mayor movilización desde 2008. En Johannesburgo, las marchas fueron encabezadas por el conocido agitador Ngizwe Mchunu. En Durban, grupos de hombres avanzaron por el centro de la ciudad al ritmo de cánticos tan inquietantes como: "No nos da miedo la sangre, cuando nos unamos, ya lo veréis".
El ministro de Policía en funciones, Firoz Cachalia, confirmó varios arrestos por "incidentes aislados de saqueo o intento de saqueo", aunque sostuvo que las manifestaciones se mantuvieron "en gran medida pacíficas". Los comerciantes inmigrantes recibieron la recomendación de cerrar sus negocios preventivamente. En Johannesburgo y Durban, propietarios de viviendas desalojaron a inquilinos extranjeros por miedo a represalias, y empleadores despidieron a trabajadores foráneos para proteger sus negocios. Cerca de un centenar de personas dormían a la intemperie frente a una oficina del Ministerio del Interior en la ciudad de Durban.
Antes incluso de que llegara la fecha del ultimátum, el miedo ya había vaciado comunidades enteras. Más de 25.000 inmigrantes procedentes de Malaui, Zimbabue, Mozambique, Nigeria y Ghana abandonaron Sudáfrica en las semanas previas. Muchos en autobuses organizados por sus propios gobiernos. Nigeria y Ghana ya repatriaron cerca de 2.000 ciudadanos en vuelos financiados por el Estado y anunciaron nuevas evacuaciones. Kenya, Malaui y Lesoto emitieron alertas de seguridad para sus nacionales en territorio sudafricano. La violencia esporádica de las semanas previas ya había dejado un balance de al menos cuatro muertos. Dos mozambiqueños, un etíope y un malauí. Entre quienes esperaban un autobús en Durban para abandonar el país estaba Peter Madsoan, albañil malauí de 45 años. "Decidí irme para evitar que me atacaran. Soy el sostén de mi familia en Malaui y es mejor irme que morir en Sudáfrica". No es un caso aislado. Es la historia de decenas de miles de personas que llegaron a Sudáfrica buscando una vida mejor y se marchan con miedo.
Los grupos antiinmigración culpan a los migrantes, sin evidencia alguna, como subrayó el propio presidente, del alto desempleo, la delincuencia y la saturación de los servicios públicos. La realidad estadística, sin embargo, desmonta ese relato. Según la agencia oficial Stats SA, la población extranjera en Sudáfrica ronda los 3 millones de personas, apenas el 4% del total de la población, una proporción relativamente baja en comparación con los estándares internacionales. El presidente Cyril Ramaphosa se reunió la noche del lunes con líderes de las marchas, insistió en el derecho a la protesta pacífica y fue contundente. "La inmigración ilegal no es la causa de nuestras dificultades sociales y económicas". Reconoció, sin embargo, "fallos en el control fronterizo". Una concesión al discurso antiinmigración que no ha logrado apaciguar al pueblo ni los ánimos. El Secretario General de la ONU, António Guterres, se declaró "profundamente preocupado" por los informes de ataques xenófobos y actos de intimidación.
Sudáfrica tiene una historia reciente marcada por la violencia xenófoba que se repite con una regularidad que debería alarmar al mundo. El peor episodio fue el de 2008, cuando más de 60 personas murieron en una ola de ataques que se extendió desde Johannesburgo. En 2015, siete muertos en ataques a comercios de extranjeros. En 2019, dieciocho. En 2021, trescientas cincuenta en los disturbios ligados al encarcelamiento del expresidente Jacob Zuma. Y ahora, en 2026, el ciclo amenaza con repetirse. El país que prometió ser la tranquilidad del mundo, la nación que Mandela soñó como un ejemplo de convivencia y reconciliación, sigue sin encontrar la manera de proteger a quienes llegan a sus fronteras buscando lo mismo que sus propios ciudadanos. Dignidad y una oportunidad.
Publicado el : 1 de julio de 2026

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